NOTA
18/08/2012

Noticia

La saludable utopía olímpica

Nunca falla. Cada cuatro años, son centenares aquellos que se rasgan las vestiduras acusando a los gobiernos de utilizar los Juegos Olímpicos para infantilizar a la gente durante dos semanas y fomentar los peores sentimientos chauvinistas, mientras el mundo es víctima de guerras, terrorismo y una crisis financiera que lo ha llevado al borde del abismo. "Al pueblo pan y circo", repiten a coro. Y, en cierto modo, tienen razón. Los Juegos Olímpicos, como los campeonatos de fútbol, de tenis o de ciclismo, monopolizan cada vez más a los medios de comunicación -sobre todo audiovisuales- y provocando una suerte de círculo vicioso: mientras más difusión, más adicción del público y viceversa.

Es verdad que uno puede apasionarse con el deporte o admirar las espectaculares hazañas de un Usein Bolt y de tantos otros, con frecuencia resultado de años de esfuerzo. Pero es difícil negar que, Juegos tras Juegos, esas justas adquieren un cariz particular, donde el nacionalismo se transforma en un instrumento al servicio del entretenimiento.

Cualquiera que sea el país en que uno reside, de lo único que se escucha hablar es de los atletas nacionales. Todos están obsesionados por el número de medallas que su delegación traerá de regreso, sin darse cuenta de que eso no significa nada: porque el número de deportes aumenta en cada olimpíada, porque gran parte de los atletas que participan por un país viven y se entrenan en otro, y porque la cantidad de medallas no dice nada sobre el nivel deportivo de una nación y mucho menos sobre el nivel de vida de su población.

Lo preocupante es que, con los años, ese nacionalismo deportivo se ha transformado en una herramienta del espectáculo. Contrariamente a lo que sucede en el cine, donde la gente se identifica con el héroe de la película, aquí el público debe identificarse con la bandera. Todo está pensado para eso: la ceremonia, las coberturas y las tablas de medallas.

"En el espectáculo de los Juegos, donde los artistas son los deportistas, cada vez mejor remunerados desde que la ficción del amateurismo desapareció, la identificación se realiza en torno a la nación", precisa el pensador francés Jacques Attali.

Dicho esto, no estoy para nada de acuerdo con el argumento de la infantilización o del "pan y circo". Me parece una actitud despectiva y elitista de parte de quienes lo utilizan. Una pose de suficiencia que sugiere que la gente normal es incapaz de hacer la diferencia entre las masacres en Siria, la crisis financiera y los récords deportivos. Es tan ridículo como pretender que nadie se tome vacaciones porque un poco más de 1300 millones de seres humanos viven bajo el umbral de la pobreza.

Más allá del sombrío estímulo al nacionalismo, los Juegos Olímpicos representan una saludable utopía, justamente en momentos en que el descreimiento más profundo afecta sobre todo a la juventud. Es la ilusión de un mundo en el que los mejores ganan, donde el esfuerzo siempre obtiene su recompensa y donde -en principio- los pequeños tienen las mismas posibilidades que los poderosos.

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