MARATÓN Y TEXTOS LITERARIOS: CONOCELOS

11/10/2017
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Emil, dirán sus denigradores, ni siquiera ha ganado el maratón: se ha limitado a realizar una de sus viejas sesiones de entrenamiento. Ese hombre contorsionado, imagen del dolor, ha transformado en paseo la lid del drama, del sufrimiento extremo. Se ha burlado de ella: el agotamiento del soldado desmoronándose en la meta del deber cumplido, el sudor y las lágrimas, la camilla y los enfermeros, la angustia y sus accesorios, todo eso son para él bagatelas. Se equivocan los denigradores. Emil acaba de vivir exactamente el mismo martirio que los demás, pero no deja que ello se trasluzca, es discreto. Por más que su sonrisa al momento de cruzar la meta sea la de un resucitado”

Jean Echenoz, en “Correr”, la biografía novelada de Emil Zatopek

Describe su victoria en el maratón olímpico de Helsinki, 1952.

“Puede que nos obsesione el recuento de kilómetros y el registro de nuestras marcas personales, pero eso no basta para que salgamos a correr. Podríamos encontrar maneras más fáciles de clasificar y medir cosas. Podríamos ser contadores, o dedicarnos a contar los trenes que pasan. Lo que de verdad nos empuja es otra cosa, esta necesidad de sentirnos humanos, por tantear debajo de una multitud de funciones y responsabilidades que la sociedad nos ha adjudicado, para llegar al ser humano crudo y puro que hay debajo. En esos momentos, nuestra mente racional está de sobra. Pasamos del pensamiento al sentimiento”.

Adharanand Finn, maratonista y periodista británico, en “Correr con los keniatas”

“Para mí, correr, al tiempo que un ejercicio provechoso, ha sido también una metáfora útil. A la par que corrí día a día, a la vez que iba participando en carreras, iba subiendo el listón de los logros y, a base de irlo superando, el que subía era yo. O al menos, aspirando a superarme, me iba esforzando día a día para conseguirlo. Ni que decir que no soy un gran corredor. Mi nivel es extremadamente corriente (por no decir mediocre, un término quizá más adecuado). Pero eso no es en absoluto importante. Lo importante es ir superándose, aunque sólo sea un poco, con respecto al día anterior. Porque si hay un contrincante al que debes vencer en una carrera de larga distancia, ése no es otro que el tú de ayer”

Haruki Murakami, el gran novelista japonés, en “De qué hablo cuando hablo de correr”.

“El sol se había ocultado. De pronto se abrieron las nubes como si se descorriera una cortina (…). ¿Para qué habría salido el sol, a las cinco y media de la tarde, sino para asistir a un acontecimiento sensacional? Estallaron aplausos. Y por la misma puerta por donde el día de la inauguración habían entrado los reyes, apareció en la pista el belga Gailly, con su casaca roja de vivos azules. Vacilantes sus piernas, extraviada su vista, perdido casi por completo su sentido de orientación. La salva de aplausos seguía corriendo como un reguero y en seguida se intensificó todavía más: quince metros atrás del belga pisaba la pista rojiza de Wembley un atleta morrudo, fuerte, morocho, que braceaba sin esfuerzo, pisaba seguro y miraba con claridad. 
¡Es Cabrera! ¡Es un argentino! Enseguida lo pasó al belga, dio una vuelta completa a la pista y vino hacia nosotros por la recta. Funcionó la cámara cinematográfica. El pecho de Cabrera tomó el hilo de llegada justo entre las dos franjas celestes de la camiseta. Habían pasado 2 horas 34 mi­nutos 51 segundos 6 décimas desde la largada. Después de un buen rato dejamos de gritar, recuperamos la voz, lo abrazamos bien fuerte y le preguntamos lo mismo que Stirling le pregun­tara a Zabala en Los Angeles:
-¿Cómo hiciste?
Como siempre. Corrí de atrás, ocupándome más de mí que de ellos. Faltando cinco mil metros me coloqué primero.
Aquí, al entrar al estadio, el belga apuró el paso y se me fue unos metros. Pero yo sabia que la carrera era mía…
Después fue el abrazo a Guíñez, que se jugó una carta en su atropellada, quedando finalmente quinto. Y la efusiva felicitación a Sensini, octavo en una magnífica demostración de disciplina. El propio Sensini gritó después de llegar:
-¡Ganó Cabrera, es como si hubiera ganado yo!
Sobre la plataforma del homenaje, en lo alto, la bandera y el nombre de la patria junto a su apellido. Delfo Cabrera había estado más grande que nunca. Muy cerca de él, pisando el césped de Wembley, cantamos las estrofas del Himno. Las cantamos para todos los argentinos, llevándolos en la garganta y sintiéndolos en el corazón.
Fue hoy, en Wembley. 

Félix Daniel Frascara, revista El Gráfico (1948) – la histórica victoria de Delfo Cabrera en el maratón olímpico

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