Corriendo con Kipchoge

29/01/2019
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La persona que quieres ser

es la persona que realmente eres

Steve Peters,

La paradoja del chimpancé

Empezamos el trote. Salimos despacio. Easy run es easy run. Me acerco a Eliud Kipchoge (34) y le lanzo una pregunta:

–¿Y usted nunca se ha planteado competir en distancias más cortas?

Kipchoge me mira y me contesta, seco:

–No.

Luego vuelve la vista hacia adelante y sigue trotando. La conversación acaba aquí. Ahora toca correr, no hablar.

Hora de trabajar.

Kipchoge trota impulsando de mediopié, con la cadera adelantada, los hombros bajos y los brazos batiendo, como si remara.

La señal de acceso al campus de entrenamiento de Kaptagat
La señal de acceso al campus de entrenamiento de Kaptagat (Daniel Vernon / NN Running Team)

Es metódico. Perfeccionista.

En diversos maratones, le hemos visto protestar, advertirle a las liebres, que a veces se des-
pistan y no siguen la línea del recorrido:

–¡Sigue la línea! ¡No me hagas correr más metros!

Kipchoge es el mejor maratoniano de la historia. Ha ganado nueve de los diez maratones que ha corrido. Es el tipo que estuvo a punto de romper la barrera de
las dos horas en el maratón (2h00m25s en Monza, en el 2017). El tipo que una vez, cuando tenía 19 años y nadie le conocía, se atrevió a esprintar para superar a los legendarios El Guerruj y Bekele en los 5.000 m de los Mundiales de París. Era el 2003.

–Aún no me creo aquello –dice Kipchoge.

Al recordarlo, le brillan los ojos. Tiene una mirada inteligente y un discurso pausado.

Kipchoge es el tipo que me ha abierto las puertas de su casa y se me ha llevado a correr monte arriba, en las tierras altas de Kenia, a 2.470 m de altitud.

Un anfitrión.

Un filósofo.

El árbol de Kipchoge. El astro del fondo plantó este árbol en Kaptagat
El árbol de Kipchoge. El astro del fondo plantó este árbol en Kaptagat (Daniel Vernon / NN Running Team)

–¿Por qué le llaman filósofo?

–No lo sé. Supongo que por los consejos que ofrezco a mis compañeros.

–¿Es consciente de lo que usted significa para la humanidad? ¡Estuvo a punto de romper la barrera de las dos horas!

–No sé si lo entiendo. Yo opino que, si tengo la oportunidad de inspirar a otros, eso ya me hace
feliz.

La conversación se ha producido apenas media hora antes de
salir a trotar.

Más allá de correr, los astros del campus cumplen una función: friegan baños y se lavan la ropa

Ahora nos vamos monte arriba. Easy run. Un trote fácil de 10 kilómetros entre bosques de acacias, eucalipto y pino. Vamos muchos, más de una veintena de atletas del Nationale Nederlanden Running Team (NN Running Team), y entre ellos Abel Kirui (doble campeón mundial de maratón), Geoffrey Kamworor (la bestia, con sus dos títulos mundiales en cross y otros dos en medio maratón), Rodgers Kwemoi (se dice que el futuro es suyo) y Patrick Sang (54), el coach, que fue plata olímpica en 3.000 m obstáculos en Barcelona’92 y que ahora, tantos años después, algo fondón, aún sale a trotar si le vienen las ganas.

Vamos despacio. De entrada, a 6 minutos por kilómetro. Luego la cosa se va acelerando, de una forma natural, para estabilizarse sobre los 5 minutos por kilómetro. Los últimos dos kilómetros ya rondamos los 4’.

Cierto: easy run es easy run.

Patrick Sang, entrenador del grupo de Kaptagat
Patrick Sang, entrenador del grupo de Kaptagat (Daniel Vernon / NN Running Team)

Contemplo a Kipchoge. Y a los otros.

Hay silencio.

En dos zancadas, me acerco a Marc Roig (35). Le comento:

–Nadie habla.

–¿De qué van a hablar, si se pasan el día juntos? –me contesta.

Hace tres años, Marc Roig decidió quedarse a vivir en Eldoret. Venía de Sant Pol de Mar. Se había hecho voluntario en una oenegé, se había dedicado a la fisioterapia, conoció a Mercy, su mujer, tuvieron a Paula (5), Daniel (2) y Sara (seis meses) y en Eldoret se quedó. Es un excelente maratoniano, capaz de registrar 2h18m08s.

Los jueves, el grupo practica el trote largo, de entre 30 y 40 km: corren a 3m20s por kilómetro

(...)

Entre Eldoret, la capital de la región, y Kaptagat se abren 30 kilómetros. En jeep, el recorrido se prolonga por media hora. La carretera cruza poblados, supera decenas de baches y se adentra al fin en un sendero de ferralita, la arcilla roja que tanto gusta a los fondistas kenianos. Más allá está el campus de entrenamiento. Kaptagat es un remanso de paz en medio de la nada.

Un amplio jardín recibe a los curiosos. Al pie de algunos árboles, colgaron carteles con nombres. Se lee: “E. Kipchoge”. O “W. Kipketer”. O “B. Kipruto”.

–¿Qué significa? –le pregunto a Marc Roig.

–Cada atleta plantó un árbol. Y de vez en cuando, cuida de él.

Más allá, a la sombra de las acacias, reposan los corredores. Parecen panteras. Hay decenas de ellos: 26 hombres y siete mujeres. Me contemplan y también miran sus móviles. Descansan. A veces alguien dice algo en kalenjin y los otros ríen.

Más allá del correr, cada uno de estos atletas cumple una función en Kaptagat. Laban Mutai (2h07m38s en maratón) y Anthony Maritim (ganó la Marató de Barcelona el año pasado y regresa en este año) improvisan un recorrido por el campus. No pueden enseñarme las habitaciones de los atletas (no están autorizados a hacerlo), pero me muestran la sala de masajes, la modesta cocina y la lavandería artesanal. Alguna de estas panteras es millonaria, pero cada cual se lava su ropa a mano. Todos entran en el turno para fregar los baños.

Geoffrey Kamworor, doble campeón mundial de cross y doble campeón mundial de medio maratón
Geoffrey Kamworor, doble campeón mundial de cross y doble campeón mundial de medio maratón (Daniel Vernon / NN Running Team)

Todos, incluido Kipchoge.

También me enseñan la sala de televisión. Jonathan Korir (2h06m49s) pasa el libro de visitas. Estampo la firma y unas palabras de agradecimiento.

Hace seis meses, Eliud Kipchoge decidió montar una biblioteca en la sala de la televisión. Trajo una estantería, pidió a todos que aportaran libros y colgó el retrato de Sandy Bodecker, que había sido vicepresidente de Nike y había muerto poco antes.

Bautizaron el rincón. Lo llamaron Sandy Bodecker’s corner.

Antes de salir a trotar, Kipchoge me atiende. Son las tres de la tarde. Le he interrumpido la siesta. Viene bostezando. Buscamos la sombra. El sol arde.

–¿Por qué montó usted la biblioteca?

–El conocimiento está en los libros. Quiero que los chicos lean.

–¿Y leen?

–Claro, ahora todos lo hacen.

Rogers Kwemoi, con mallas naranjas, la esperanza del futuro
Rogers Kwemoi, con mallas naranjas, la esperanza del futuro (Daniel Vernon / NN Running Team)

–Y usted ¿qué lee?

– Chimp paradox (La paradoja del chimpancé), de Steve Peters. Trata sobre la autogestión de la mente. No lo necesito, pero me gusta saber qué hay allí. Yo leo dos libros al mes.

–¿Usted trabaja con psicó-
logos?

–Lo cierto es que no.

Aquí entramos en el territorio de lo semidesconocido. Kipchoge dice que corre por sensaciones. Que le guían el instinto, la capacidad de sufrimiento y la experiencia de miles de kilómetros.

–No miro números, no analizo mis datos. No me mido el pulso ni el lactato.

Es una verdad a medias.

Tal vez Kipchoge no revise sus cifras, pero su trabajo está extraordinariamente monitorizado. Cuando salimos a correr, lleva un pulsómetro en el pecho y un potenciómetro en las zapatillas. A cada kilómetro, el cronómetro silba. El viernes, todos esos datos vuelan a Beaverton, el laboratorio de Nike en Oregón. Allí los analizan y los revisan. Comprueban si Kipchoge va bien o mal.

–Pero quien manda es el coach –dice Kipchoge.

Se refiere a Patrick Sang.

Sang lleva casi veinte años dirigiendo la carrera de Kipchoge. Es el verdadero jefe del grupo, una suerte de padre adoptivo de generosa sonrisa y amplio bagaje cultural. Un africano que había emigrado a Texas cuando aún era un crío de 16 años y un americano blanco aparecía en su escuela, ofreciéndole una beca en Austin, un alojamiento y un plan de entrenamiento lejos de Kenia. Sang tiene un título universitario en Urbanismo. Uno de sus hijos estudia Derecho en Nairobi. El otro, un MBA en Australia.

Eliud Kipchoge, de pie, se prepara junto a sus compañeros para el morning run, en Kaptagat
Eliud Kipchoge, de pie, se prepara junto a sus compañeros para el morning run, en Kaptagat (Daniel Vernon / NN Running Team)

–Todo lo que Patrick dice va a misa –vuelve Kipchoge.

–¿No cabe discusión?

–Él es más que mi entrenador. Es mi entrenador para la vida. Yo sólo soy el estudiante. Él es el profesor.

Patrick Sang controla todos los registros del grupo. El sistema de trabajo responde a una rutina de siete días. Hay diez sesiones semanales. Alrededor de 200 kilómetros. Cinco de esas sesiones son trotes suaves, de diez kilómetros, muy en la línea del rodaje que haremos más tarde.

En la semana de nuestra visita, las series del martes consistieron en ocho tiradas de 2.000 m en 6’, con un reposo de 1m45s al trote. Las hicieron en las pistas de arcilla de la Moi University, en Eldoret (2.100 m de altitud). Ninguno de ellos tuvo problemas.

Los jueves realizan la tirada larga. 30 o 40 kilómetros bosque adentro, a un ritmo exigente que ronda los 3m20s por kilómetro. Arrancan al amanecer, bajo un frío notable, próximo a los 6ºC, mientras los curiosos buscamos la Osa Mayor en el cielo. A la hora de trote, el grupo se descompone. Como un goteo, los atletas van descolgándose. Kipchoge, Kamworor o Kwemoi no se inmutan. El sábado toca el fartlek. Bloques de dos o tres minutos a un ritmo duro, con un minuto de recuperación al trote. En total, la tirada ronda los 20 kilómetros. En el tramo rápido van cerca de los 2m40s por kilómetro. En la recuperación, alrededor de los cuatro minutos.

El autor de este reportaje conversa con Marc Roig durante un trote en Kaptagat
El autor de este reportaje conversa con Marc Roig durante un trote en Kaptagat (Daniel Vernon / NN Running Team)

–Recuerdo el día en que se me acercó aquel chico, el joven Eliud. Era el año 2000 –dice Patrick Sang–. Le dije: ‘Esto es lo que tienes que hacer’. Le apuntaba los entrenamientos. Se los llevaba, los hacía y a las dos semanas volvía a por más. Había pasado muy poco tiempo cuando ya entraba en el equipo nacional de cross. Entonces le pregunté: ‘¿Pero tú quién eres?’. Me dijo que vivía en una villa próxima a la mía. ¡Supe que su madre había sido mi profesora en la guardería! ¿Se lo puede imaginar? ¡Yo ahora podía devolverle todo lo que su madre me había ofrecido! Me lo traje a Kaptagat. Y hasta hoy…

–¿Y cuál es la diferencia entre Kipchoge y el resto?

–Al amanecer, todos tenemos dos mentes. Una te dice que empujes. Sin embargo, la otra te frena. Debes apostar por la que empuja. Kipchoge siempre lo hace.

Me vuelvo hacia Kipchoge. Gana mucho dinero. Tiene una granja en Eldoret. Y un hogar confortable con una esposa y tres hijos. Sin embargo, él no vive con ellos. Kipchoge permanece en su espartano campus de Kaptagat. Compartiendo el cuarto con Augustine Choge (tan veterano y sabio como él mismo). Come con el resto. Corre, descansa, reflexiona, corre…

–Y su mujer ¿no le pide que lo deje estar, que se vaya a casa con la familia?

Kipchoge ríe.

–A veces, ella me pide que pare. Pero me entiende. Negociamos. Conversamos a diario. El sábado por la tarde voy a casa y me quedo hasta el lunes a mediodía.

El centro de entrenamiento en Kaptagat
El centro de entrenamiento en Kaptagat (Daniel Vernon / NN Running Team)

–¿Y hasta dónde piensa llegar usted? Campeón del mundo en 5.000 m, campeón olímpico en maratón, plusmarquista…

–Me gustaría llegar a los Juegos de Tokio, en el 2020. Pero ahora estoy pensando en el maratón de Londres, en abril.

–¿No se agota mentalmente?

–Si me pregunta si soy feliz en esto, le diré que lo soy. Esta es la mejor vida. Muy sencilla, sin estrés.

–¿Y se ve rompiendo al fin las dos horas?

–No seré yo quien lo haga. El ser humano está cerca de conseguirlo, pero lo hará otro, no yo.

No ofrece nombres, pero tal vez piense en Kamworor. O en Kwemoi: en el 2016, se imponía en los 10.000 m del Mundial Sub 20.

–Usted inspira a muchos. Pero, ¿quién le inspira a usted?

–Mi entrenador. La paz. Bill Gates, gente y cosas que hacen que el mundo sea mejor. Soy católico. Voy a misa. Todos somos seres humanos. Nadie es especial.

–¿Qué hará cuando se retire?

–Concienciar a los adultos de todo lo bueno que hay en el acto de correr.

–¿Y una carrera política?

–Me gustaría ayudar a la gente, pero quiero hacerlo desde la transparencia. Hoy, la política en Kenia no va por ese camino.

Mira el reloj. Sus respuestas se acortan. Se acerca la hora de salir a trotar. A la sombra, las panteras se desperezan.

– Easy run –me recuerda Kipchoge mientras salimos al sendero de arcilla roja.

Trotando cincuenta minutos entre panteras, me declaro feliz.

En silencio, escuchamos nuestros pasos.

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