Kipchoge demuestra a Mo Farah en Londres cómo se corre un maratón

28/04/2019
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De entre los caminos de Kenia y Etiopía surgirán jóvenes que rebajarán su récord e incluso alguno romperá la barrera humana de las dos horas, pero durante décadas, muchas décadas, Eliud Kipchoge seguirá siendo el mejor maratoniano de la historia. Más allá de el cronómetro, expuesto a una actuación puntual, a una temporada excelente, a que todos los astros se alineen, hay en él un dominio de la distancia de distancias, esa que vence la resto de corredores al menos una vez en la vida. Los hechos lo demuestran: ayer Kipchoge ganó en Londres su décimo maratón consecutivo, lo nunca visto.

 
 
 

Campeón olímpico en Río 2016, su palmarés a los 34 años le sitúa en los 42,195 kilómetros por encima de los BikilaGebreselassieTergat y compañía, aunque su carácter y su estilo de vida, tranquilos hasta el aburrimiento, le hayan impedido ser tan icónico como éstos.

 
 
 

Esta vez el keniano no venció al reloj (aunque marcó 2:02:38, el segundo mejor tiempo de siempre), pero tampoco importó. Esta vez iba de demostrar quién manda ante la estrella llegada de la pista, el mejor fondista con el que podía competir, es decir, Mo Farah. En su propia casa, Kipchoge le enseñó que al maratón no se juega: esto es otra cosa, chico. Justo al superar el medio maratón, con las liebres ya desaparecidas como suele ocurrir en Londres, el plusmarquista mundial impuso él mismo un ritmo altísimo que forzó la rendición de Farah y lo dejó sólo con otros tres atletas, todos etíopes: Mosinet Geremew, Tola Shura Kitata y Mule Wasihun.

Que iba a ganar Kipchoge se veía en las caras de todos. Los tres compatriotas sufrían juntos mientras el keniano corría suelto, relajado, es decir, como siempre. En el kilómetro 40 se deshizo de sus adversarios y se lanzó a la victoria, mientras Farah, tan distinto a él, acababa quinto (en 2:05:39).

 
 
 

En el vídeo de promoción de la carrera ya quedaban patentes los diferentes estilos y, de alguna manera, ya se advertía que pasaría. Farah aparecía siempre entrenando solo, rodeado de toda esa maquinaria a la que dio fama en el ya abandonado Oregon Project, y Kipchoge se mostraba siempre acompañado, corriendo al amanecer rodeado de decenas de compañeros, descanso en su modesto centro de entrenamiento de Kaptagat. En su spot la carrera contrastaba modernidad y tradición y en esa disyuntiva, el maratón siempre sabe a quién escoger.

En la distancia ya está casi todo inventado: se prepara trotando muchísimos kilómetros, volando unos cuantos más y descansando, descansando mucho. La innovación puede partir de ahí, pero esa es la base y nadie cumple con ella como Kipchoge. De entre los caminos de Kenia y Etiopía surgirán jóvenes, pero él seguirá siendo durante décadas, muchas décadas, el mejor maratoniano de la historia.

 
 
Fuente: El Mundo es 

 

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